viernes, 11 de julio de 2008

Democracia de Chevrolet


El Blog de Yoani Sánchez, es reproducido fielmente del blog original. En un intento de expandir aun más la voz de esta joven bloguera, prisionera en su propia tierra.
Atte. Abel Desestress
Direccion del Blog Original: http://desdecuba.com/generaciony/

Escrito por: Yoani Sanchez en Generación Y , Julio,11,2008
Sesiona por estos días una nueva reunión de la Asamblea Nacional. Sin embargo, lo que pasa en el interior del Palacio de las Convenciones no genera muchas expectativas entre los cubanos. Ni siquiera la confesión oficial del bajo nivel de los profesores de la enseñanza media y primaria logra que nos sintamos representados. Desde hace años los padres nos hemos quejado -sin ningún resultado- del desastre educativo generado por la presencia de jóvenes, sin mucha preparación, al frente de las aulas. Sólo ahora, las comisiones parlamentarias lo reconocen.

Bajo ese mismo efecto de cámara lenta nos llegan promesas de materiales de construcción, de licencias a todos los que quieran usar su auto como taxi y de más productos, en el mercado racionado, para los recién nacidos. Todos estos anuncios los hemos acogido como el hambriento al que se le ofrece, solamente, un vaso de agua. Pero aclaro que no nos sentimos decepcionados, no esperábamos demasiado de este parlamento que hoy se reúne.

Quizás si la Asamblea Nacional sesionara en el interior de uno de esos chevrolet que circula por las calles habaneras se atrevería a exigir lo que realmente queremos. Sólo en los vetustos asientos, amparados por el anonimato y protegidos por la velocidad, logramos exteriorizar lo que no nos gusta. Créanme que lo dicho en esas viejas latas rodantes no se queda en las críticas a la imposibilidad de comprar arena o cabillas, ni en los pedidos de más tela para hacer pañales. En medio del traqueteo de los motores de petróleo y de las puertas chirriantes, ocurre otra sesión parlamentaria: más pequeña, con menos poder, pero –indiscutiblemente- más auténtica.

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Periodismo o literatura
Escrito por: Yoani Sanchez en Generación Y , Julio,8,2008


A propósito del Congreso de la UPEC

Al terminar el preuniversitario tenía el capricho de ser periodista. Entre tres amigas contratamos una profesora particular que nos repasaba para las pruebas de ingreso a la universidad. Aquella mujer insistía –hasta llegar a molestarme- que nunca iba a lograr ser una buena reportera, sino que todo en mí apuntaba a otra profesión: la filología. Su maldición se cumplió pues terminé metiéndome con las palabras, la fonética y los conceptos literarios, en lugar de correr tras las noticias.

No sólo la profecía de esta Tiresias habanera me alejó de la labor informativa, sino la convicción de que en una sociedad marcada por la censura, por el oportunismo y la doble moral, ser periodista era el origen de mil y una frustraciones. Había conocido a Reinaldo, expulsado de Juventud Rebelde porque “su línea de pensamiento no se ajustaba con la del periódico” y ver sus deseos de escribir, malgastándose en una dura jornada como mecánico de ascensor, fue el puntillazo final a mis sueños adolescentes.

La Glasnost había pasado y en Cuba un sabor a oportunidad perdida se extendía entre los reporteros y sus frustrados lectores. La tele nos repetía que las producciones aumentaban, que el país resistiría y que el “invencible líder” nos llevaría a la victoria, mientras nuestras vidas desmentían cada frase triunfalista y cada cifra engordada. Una y otra vez respiré aliviada de no haberme hecho periodista. Creí sentirme a salvo en el mundo de la metáfora.

Sin embargo, no estaban tan alejadas ambas profesiones, ya que una buena parte del periodismo que se hace en los medios oficiales cubanos tiene mucho de literatura. Pues sí, tratando de escaparme hacia la ficción, lo novelesco y lo teatral, encontré que de eso mismo estaban llenos los telediarios cubanos: de personajes que nadie se cree, de historias futuristas que nunca llegan a materializarse y de rostros sonrientes seleccionados entre miles de caras angustiadas.

Con su vaticinio, aquella profesora ilegal quería advertirme de algo que descubrí por mí misma años después: que entre la ficción de nuestra prensa y la de nuestros novelistas, la segunda me iba a proveer de más certezas.

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