jueves, 15 de enero de 2009

Continuidad y ruptura

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En el 50º aniversario del triunfo revolucionario en Cuba, no queda claro si lo conmemorado es la continuidad de un proceso político o la permanencia en el poder de un grupo de personas. Los extensos artículos publicados en estos días van desde la felicitación por el cumpleaños de una criatura viva hasta la agria crítica al prolongado gobierno de unos pocos.
Los hombres en la cúpula de mando siguen siendo los mismos desde 1959, con excepción de los fallecidos y los exiliados. Ellos han cambiado muy poco, aunque la propia revolución se ha transmutado y negado siempre que su sobrevivencia haya estado en peligro. Así tuvimos tiempos de euforia y apoyo popular, melenas y crucifijos recién bajados de las montañas que terminaron por subordinarse al ateísmo y apretar el gatillo, después de juicios sumarios.
Llegaron los años "prosoviéticos", y el encartonado primer congreso del Partido Comunista en 1975 nos unió con un largo grillete a las cúpulas del Kremlin. En los ochenta se lanzaba el "proceso de rectificación de errores" seguido del "periodo especial", hasta llegar a nuestros días, en que la brújula política parece haberse dislocado y el marxismo leninismo ya no se escucha ni en boca de los dirigentes.
En todo este tiempo, la llamada "dirección histórica de la Revolución" ha impedido la aparición de al menos dos generaciones de políticos. En los primeros años de la década del sesenta, Ernesto Guevara decía: "La juventud es la arcilla fundamental de nuestra obra". No obstante, en el horno del poder nunca llegó a cocerse la cerámica de lo nuevo.
Los veteranos nunca han querido entregar el bastón y los jóvenes que han corrido tras ellos —con la ilusión de formar parte del relevo— han sido forzados a abandonar la carrera, cuando no han caído a causa de alguna zancadilla. El motivo de esta reticencia tiene un fuerte componente de desconfianza, ante el temor de que los advenedizos pretendan una ruptura ideológica. Pero lo más determinante ha sido que a la "dirección histórica" de la revolución, la única continuidad que le interesa, realmente, es la de seguir ejerciendo el poder. La prueba de eso se descubre cuando se enumeran todas las rupturas políticas que han tenido que hacer estos hombres para seguir al mando del país. Han puesto su deseo de conservar el timón por encima de ideologías, alianzas estratégicas, obligaciones para con su pueblo e incluso, a causa de esa adicción al mando, han roto cientos de sus primeras promesas.
La juventud no se caracteriza por tener mucha paciencia, pero sabe que tiene tiempo. Por muy longevo y saludable que sea un timonel, tarde o temprano tendrá que soltar el gobierno de la nave que conduce. Lo primero que rectificarán aquellos que logren entrar a la cerrada cabina será el rumbo, y es muy probable que también arranquen las páginas de la bitácora. Esa secuencia de pliegos falseados que cuentan las heroicas peripecias de la antigua tripulación, esa que —en medio siglo— nos hizo creer que el barco le pertenecía. Ver para creer.